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La Cruz es River

El juego del Millo jamás llegó a la plenitud en Paraguay, aunque le alcanzó con esa marca registrada de levantar la guardia a tiempo y golpear cuando el rival menos lo espera. Sin dudas, fue la mejor forma de demostrar que al fútbol se gana en la cancha.

Siete minutos. Fue apenas lo que aguantó River en Asunción la ventaja de dos goles que había conseguido siete días atrás en Núñez. Siete minutos, el mismo tiempo, fue también lo que tardó el campeón de América en hacer lo que prácticamente ni pudo intentar en el PT: el gol de visitante que definiera la serie y lo dejara otra vez cara a cara con Boca en un cruce más para la historia y para que Gallardo siga dejando una marca eterna en los superclásicos.

Un fondo de olla. Así fue el juego de River en la caldeada Nueva Olla: con movimientos espesos, sin fluidez. Es difícil pensar que salió aturdido por el impactante show de pirotecnia. La sensación más lógica es que sintió la ausencia de líderes, de soldados coperos en cada una de las líneas. De hecho, fue Armani, una vez más, el que sostuvo al equipo desde el arco con el mano a mano que le tapó a Pachi Carrizo. Porque Rojas y Martínez Quarta no tienen el carácter ni la jerarquía de Maidana o Pinola, Zuculini es más un cabeceador que un volante central que marque la posición del equipo como Ponzio o Enzo Pérez. Y adelante se extrañó la potencia de Pratto para aguantar la pelota y sacarle ritmo a la desordenada intensidad de Cerro, sobre todo porque River entró en el juego largo con pelotazos a Borré y Suárez y, así, como ninguno de ellos tiene oficio para esa faceta (menos el cordobés), la pelota volvía a su campo como si rebotara en una pared.

En este contexto, vertiginoso y tenso, el que mejor entendió el partido fue Palacios, que intentó poner la bola en el piso para distribuir con paciencia, ganar confianza y espacios.Porque Nacho Fernández corrió atrás de la pelota como un nene mientras que De La Cruz, en el PT, estuvo más perdido que cuando lo fue a buscar la Policía paraguaya al hotel para detenerlo. Eso sí: como advirtió D’Onofrio, la bronca del uruguayo explotó en el momento más oportuno con un bombazo a lo CR7 tras el rebote que dejó JP Carrizo.

El mazazo del gol tempranero de Haedo desorientó al equipo del Muñeco, lo sacó de su eje de Copa como hace mucho no sucedía, porque al no tener el control de pelota entró en desesperación y la pasó muy mal en el último cuarto de hora de la primera etapa, casi rogando irse al descanso para refrescar el físico (el calor fue insoportable incluso cuando el sol se ocultó) y principalmente los conceptos tan claros que se nublaron de manera alarmante.

Es cierto que el juego de River jamás llegó a la plenitud en Paraguay, aunque le alcanzó con esa marca registrada de levantar la guardia a tiempo y golpear cuando el rival menos lo espera. Sin dudas, fue la mejor forma de demostrar que al fútbol se gana en la cancha.

 

Fuente: Olé